Un pasado problemático: La problemática historia de la salud mental de las mujeres

En los últimos días del Mes de la Historia de la Mujer, nos gustaría examinar más de cerca los retos a los que se han enfrentado las mujeres en lo que respecta a la atención sanitaria mental a lo largo de la historia.

Esta historia está plagada de conceptos erróneos, diagnósticos equivocados y tratamientos francamente peligrosos, y aunque se han logrado avances significativos, las cicatrices de ese turbulento pasado aún perduran. Persisten los prejuicios sexistas en el diagnóstico y el tratamiento, y a menudo no se abordan los problemas específicos a los que se enfrentan las mujeres. Comprender esta problemática historia no es sólo un ejercicio académico: es vital para desmantelar estos problemas persistentes y crear un futuro en el que la salud mental de las mujeres se tome en serio y se trate con eficacia.

Exploremos cómo las expectativas sociales sobre la feminidad determinaron la forma en que se interpretaron los trastornos mentales de las mujeres. Exploraremos el cuestionable diagnóstico de "histeria" y las bárbaras "curas" que le siguieron. Por último, examinaremos la actual lucha por la igualdad de género en la atención sanitaria mental y estudiaremos qué podemos hacer para garantizar que las mujeres reciban el apoyo que merecen.

De la brujería a la histeria: Un cambio en la culpa, no en el progreso

Durante siglos, las mujeres que sufrían trastornos emocionales no eran consideradas enfermas mentales, sino recipientes del mal, poseídas por demonios o que practicaban la brujería. Esta creencia alimentó un oscuro periodo de miedo y violencia, con innumerables mujeres condenadas al ostracismo, torturadas o incluso quemadas en la hoguera. Sin embargo, los albores de la Ilustración introdujeron un enfoque (supuestamente) más científico. Surgió el término "histeria", derivado de la palabra griega para "útero" (hystera).

Aunque a primera vista este cambio pudiera parecer un paso adelante, no fue exactamente una victoria para las mujeres. La culpa de su estado mental pasó de las fuerzas demoníacas al mal funcionamiento del útero. El mensaje central seguía siendo angustiosamente similar: los problemas de salud mental de las mujeres se derivaban de su biología inherente, no de respuestas emocionales válidas ni de afecciones subyacentes.

Este nuevo diagnóstico, "histeria", se convirtió en un cómodo término paraguas para una amplia gama de síntomas, tales como:

  • Ansiedad
  • depresión
  • desmayos
  • insomnio

Casi cualquier "enfermedad" podía clasificarse perfectamente en la categoría de "histeria". Y lo mismo ocurría con comportamientos o pensamientos que no eran en absoluto desordenados, sino simplemente inconvenientes para los sistemas de poder existentes.

Esencialmente, la "histeria" medicalizaba cualquier comportamiento que se desviara de la estrecha definición de lo que se consideraba la feminidad "adecuada". Las mujeres que mostraban demasiadas emociones, cuestionaban las normas sociales o simplemente no encajaban en el molde del ama de casa sumisa eran las principales candidatas para la etiqueta de "histeria". Este diagnóstico no sólo desestimaba sus luchas reales, sino que también servía como una poderosa herramienta de control. Al atribuir su comportamiento a un útero defectuoso, se reforzaba la idea de que las mujeres eran intrínsecamente irracionales y emocionalmente inestables, lo que limitaba aún más su autonomía y su capacidad de acción.

Trato desigual y "curas" peligrosas: Una receta para el desastre

El diagnóstico de "histeria" no era sólo una etiqueta despectiva, sino que se convirtió en un trampolín para una inquietante serie de "tratamientos", la mayoría de los cuales no sólo eran ineficaces, sino literalmente peligrosos. En este caso, la marcada disparidad de género en la atención sanitaria mental se hace dolorosamente evidente. A los hombres que presentaban síntomas similares se les prescribía reposo o, en una dudosa práctica propia, sangrías. Las mujeres, sin embargo, se enfrentaban a una serie de "curas" mucho más brutales y bárbaras.

Sangría

Arraigada en la antigua creencia de que la enfermedad surgía de un desequilibrio de los fluidos corporales, la sangría consistía en drenar importantes cantidades de sangre del paciente. Esta práctica, cuya eficacia ya era cuestionable, sólo servía para debilitar a una mujer ya de por sí vulnerable, sin repercutir en su estado mental.

Terapia de electrochoque

Aunque posteriormente se utilizó para una gama más amplia de enfermedades mentales, este controvertido tratamiento se empleó inicialmente en mujeres diagnosticadas de "histeria". Las pacientes eran sometidas a corrientes eléctricas de alto voltaje, lo que les provocaba convulsiones y, a menudo, pérdida de memoria y deterioro cognitivo.

Histerectomía

Quizá la "cura" más espantosa fue la extirpación del útero de una mujer sana. Esta drástica cirugía, basada en la errónea creencia de que el propio útero era la fuente de la "histeria", tuvo consecuencias físicas y emocionales devastadoras para muchas mujeres.

Lobotomía

Este procedimiento bárbaro consistía en cortar conexiones cerebrales, lobotomizando básicamente al paciente. Aunque se comercializaba como una "cura" para diversas enfermedades mentales, causaba daños neurológicos permanentes, cambios de personalidad y a menudo dejaba al paciente peor que antes.

Estos "tratamientos" ponen de manifiesto el escandaloso desprecio por el bienestar de las mujeres. No pretendían abordar la causa subyacente de la angustia mental, sino controlar y someter a las mujeres consideradas "histéricas". Muchas de estas prácticas continuaron hasta bien entrado el siglo XX, un duro recordatorio del largo camino hacia una atención sanitaria mental equitativa y eficaz para las mujeres.

El legado de la misoginia: Una sombra que aún perdura

El legado del diagnóstico de "histeria" y sus "tratamientos" asociados proyecta una larga sombra sobre la atención sanitaria mental de las mujeres en la actualidad. Aunque se han logrado avances significativos -con una gama más amplia de enfermedades mentales reconocidas y enfoques más matizados del tratamiento-, los ecos de la misoginia aún perduran de varias maneras:

Sesgo de género en el diagnóstico

Los estudios siguen demostrando que las mujeres tienen más probabilidades de que se les diagnostiquen determinados trastornos mentales, como ansiedad y depresión, mientras que los hombres tienen más probabilidades de que se les diagnostiquen trastornos como el TDAH. Esto puede llevar a que las mujeres no reciban el tratamiento más eficaz para sus necesidades específicas. Por ejemplo, las mujeres que experimentan síntomas de TDAH pueden ser diagnosticadas erróneamente de ansiedad o depresión porque su presentación puede diferir del arquetipo estereotipado de "chico hiperactivo".

Infradiagnóstico de enfermedades graves

Síntomas como la fatiga o el dolor pueden seguir considerándose de origen "emocional", lo que retrasa el diagnóstico y tratamiento de enfermedades graves. Las mujeres suelen tener que ser más persistentes a la hora de defender sus intereses y sus problemas de salud. Esto puede tener graves consecuencias, ya que un diagnóstico tardío puede empeorar la afección subyacente y dificultar su tratamiento.

Lagunas en el tratamiento de las necesidades específicas de las mujeres

Las enfermedades mentales que afectan de forma desproporcionada a las mujeres, como la depresión posparto o el trastorno disfórico premenstrual (TDPM), pueden no recibir el mismo nivel de investigación u opciones de tratamiento que otras enfermedades más comunes. Esta falta de investigación y de opciones de tratamiento hace que las mujeres luchen por encontrar formas eficaces de tratar estos trastornos.

Estigma en torno a la salud mental y la medicación

Las presiones sociales pueden hacer que las mujeres sean más reacias a buscar ayuda para problemas de salud mental o a tomar medicación por miedo a ser juzgadas o tachadas de "débiles". El estigma que rodea a las enfermedades mentales afecta de forma desproporcionada a las mujeres, de quienes a menudo se espera que sean las cuidadoras fuertes y cariñosas de sus familias. Esto puede impedirles buscar la ayuda que necesitan para sentirse mejor.

La lucha por la igualdad de género en la salud mental está lejos de haber terminado. Para acabar con estos prejuicios tan arraigados es necesario un planteamiento múltiple:

  • Formación de los profesionales sanitarios: Formar a los profesionales sanitarios para que reconozcan los prejuicios de género en el diagnóstico y el tratamiento, incluida la forma en que los síntomas pueden presentarse de manera diferente en las mujeres que en los hombres. Esto garantizará que las mujeres reciban una atención precisa y adecuada.
  • Mayor investigación sobre la salud mental de las mujeres: Centrar los esfuerzos de investigación en dolencias que afectan desproporcionadamente a las mujeres, como el TDPM y la salud mental perinatal, para desarrollar mejores opciones de tratamiento. Al comprender los factores biológicos y sociales específicos que contribuyen a estas afecciones, los investigadores pueden desarrollar tratamientos más específicos y eficaces.
  • Normalizar las conversaciones sobre salud mental: Crear un espacio seguro para que las mujeres hablen de sus experiencias de salud mental y busquen ayuda sin miedo al estigma. Esto puede lograrse mediante campañas de concienciación pública, grupos de apoyo específicos para mujeres y el fomento de una comunicación abierta dentro de las familias y las comunidades.
  • Capacitar a las mujeres como defensoras: Dotar a las mujeres de los conocimientos y herramientas necesarios para defender sus intereses y sus necesidades de salud mental ante los profesionales sanitarios. Esto puede implicar la provisión de recursos sobre enfermedades mentales, talleres de habilidades de comunicación y redes de apoyo para las mujeres que navegan por el sistema sanitario.

Si reconocemos el inquietante pasado y trabajamos activamente por un futuro libre de prejuicios, podremos garantizar que las mujeres reciban por fin la atención sanitaria mental integral y compasiva que merecen.

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